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7

 

  

EL ÁRBITRO EN LA JUGADA

 

 

 

Mario Bermúdez

Academia de Árbitros de Bogotá

 

 

El mejor árbitro no es el que corre más,
sino el que sabe interpretar el partido
sabe ubicarse y desplazarse

Guillermo “El Chato” Velázquez.

 

 

Cada árbitro tiene su estilo, pero éste no debe ser ajeno al «espíritu de la norma», ni debe pretender innovar y, mucho menos, impresionar en cada actuación. La virtud fundamental de un árbitro, muy escasa por ciento en los colegas, es la de la humildad, esa misma que pretende alcanzar el culmen del nivel en el juzgamiento de cualquier deporte. Ser humilde forja la personalidad, sustentada en la comunicación asertiva, que determina el carácter, el conocimiento y la preparación teórica y física. Infortunadamente, en nuestro medio la mayoría de árbitros «pitan con el estómago», según el Chato Velázquez, y entonces le dan mayor importancia al ingreso económico, pasando por alto la preparación constante, argumental y metódica del conocimiento arbitral.  Así que prefieren un partido de barrio a una capacitación. Pero no veamos tampoco el problema desde uno solo ángulo, pues también las entidades arbitrales, en su desmedido afán de producir económicamente, sin importar la calidad, echan mano del primero que pasa por ahí, le entregan un pito o un acta de juego, y lo echan a la pira para que entre organizadores y jugadores se lo devoren completo y vivo, reforzando la idea de que «todos los árbitros son malos». ¡Alguna moneda le quedará a la institución sin importar lo grave que haya pasado! Es así como el darle prelación al factor económico, antes que al desarrollo formativo de las competencias arbitrales, está deteriorando una profesión, que de por sí es bastante exigente, dura y abnegada. Exigente porque se basa en la preparación psicológica, de competencias, física, teórica y práctica, para que el desempeño sea positivo, primeramente para el árbitro, y, luego, para la Institución Arbitral. Dura, porque implica, como en toda profesión, sacrificios como el de tener que dejar sola a la familia un domingo, porque, a decir verdad, es mejor no llevarla a los campos, ya que si no distraen el desempeño, lo sufren de una forma desconsiderada; eso de estar sintiendo el maltrato a su ser querido, no es para nada fácil.

 

Indiscutiblemente que pueden haber preparadores arbitrales, instructores, como se califican generalmente, «cuadriculados» y algunos otros, tal vez muy pocos, «estructurados integralmente», que propendan por la formación en la ética, la motivación y la psicología arbitral, como receptores de cualquier Reglamento, pero que ante todo aplican un sentido pedagógico. No se debe olvidar que el árbitro debe tener tres aspectos fundamentales para desempeñarse como tal:

 

-Tolerancia

-Poca resistencia al cambio

-Adaptación al cambio

 

El árbitro que no posee esas tres cualidades, está llamado a recoger, porque, simplemente vive en el mundo de sus antepasados sin ninguna posibilidad de cambiar y, por ende, estar al día en la evolución de la profesión.  Vive en ese pasado en donde ser árbitro era la cuestión empírica del «defiéndase como pueda». Tolerancia es estar dispuesto a los cambios, porque generalmente el Reglamento de cualquier deporte se modifica periódicamente. Poca resistencia al cambio es estar dispuestos y motivados a cambiar y, finalmente, adaptación al cambio, es aplicar y aceptar, sin discutir, pero de manera unificada, esos cambios. Cuando no se está dispuesto a aceptar el cambio, que siempre propende por mayor facilidad en el ejercicio de la profesión, el árbitro se convierte en una persona rígida en su pensamiento y hasta en la parte física. No acepta que el mundo tiene dinamismo y que evoluciona constantemente, y piensa que el reglamento es una pieza inamovible, en donde es más importante una coma que la interpretación de la norma, que siempre tiene un rango de flexibilidad. Sorprende que aún, por ejemplo, haya árbitros del Balilla italiano, o los que con el silbato interpretan sinfonías largas, estridentes y aburridoras para dictaminar un fallo. ¿Quién dijo que la experiencia no permite la adaptación al cambio?

 

Quizás una de las falencias más grandes de los árbitros es la de la Disciplina, pues no entienden el concepto, no lo aplican o su espíritu liberal y prepotente no los compromete con la disciplina desde el ámbito personal e institucional. Disciplina es simplemente «imponerse a sí mismo» las normas que ha decidido aceptar «libremente». Esto implica, organización, preparación colectiva, porque los árbitros son un equipo, y preparación individual. El árbitro es apenas un pequeño engranaje en el complejo mecanismo de la profesión, y cuando ese pequeño engranaje se oxida o deja de funcionar, algo comienza a ir mal en el equipo. La mayoría de veces las pequeñas omisiones o pasadas por alto de los árbitros en un juego, como se dice coloquialmente, «van calentando el partido», y cuando ya se decida aplicar los correctivos, es muy tarde. Un simple manotazo o un apoyo con las manos sobre la espalda del adversario, puede parecernos algo sin importancia que en primera instancia no se debe sancionar, porque hay la percepción de que una falta lo es solamente cuando es «grave», es decir, como recalcan los jugadores: «hasta que haya sangre». El buen árbitro sanciona todas las faltas, por leves que parezcan, pues para medir la gravedad existen los correctivos disciplinarios. Ahora, hay que saber interpretar cuándo es una falta y cuándo es una «tontería», porque sancionar por tonterías también exacerba los ánimos de los participantes. Por eso es importante que el juez esté bien preparado en todos los campos, pero, ante todo, debe saber valorar (procesar) para emitir un Juicio (fallo) acertado. Que «las pita todas», que «deje jugar», son voces que se escuchan cuando se sancionan las faltas. No se deje presionar por esas voces de protesta, por leves que sean, las faltas están para sancionarlas porque eso lo establece el Reglamento, pero, fundamentalmente, porque eso evitará que el juego «se caliente». Ya se sabe que, casi siempre, la respuesta a un simple manotazo o aun empujón leve, es una reacción del afectado mucho más fuerte. La reacción, en este caso, es mayor que la acción, téngase en cuenta eso siempre. Cuando el árbitro toma el dominio seguro, equitativo y con la interpretación adecuada del partido, los participantes subconscientemente van asimilando las «autoridad arbitral» sometiéndose a ella y por ende, evitando el juego brusco y malintencionado.

 

No se debe olvidar que ejercer autoridad implica una enorme responsabilidad, y muchos son los factores que coadyuvan para fortalecer  el «ejercicio de la autoridad», que se basa en el respeto, la tolerancia, el conocimiento de las Normas, pero fundamentalmente, en la EQUIDAD, que es darle a cada quién, en justicia, lo que le pertenece. Cuando la preparación arbitral se fundamente, como la base de la pirámide, en los anteriores postulados y se prepare especialmente con el ejemplo, se habrá logrado avanzar un enorme trecho en esta profesión.

 

El árbitro debe ser capaz de analizar la situación de su entorno y, de acuerdo a ello, plantearse estrategias de desempeño para evitar al máximo los inconvenientes. Esta es la «interpretación del juego», en la que se debe analizar y ponderar cada una de las circunstancias en que se desarrolla el cotejo, desde el interior hasta los factores externos participantes. En consecuencia se tienen dos aspectos relevantes que practicar en su máxima expresión:

 

-Atención

-Concentración

 

Probablemente en el lenguaje coloquial se tiende a creer que los dos términos son sinónimos, pero aunque están entrelazados, realmente no lo son. Prestar atención es «observar qué está sucediendo», es decir, asimilando la información del entorno, sin dejar escapar el menor detalle. Estar concentrado es tener la capacidad de «discernir» las situaciones presentadas, para procesarlas y emitir un juicio que permita un fallo y una penalización, al máximo justa, y de acuerdo a las Normas. Aunque en el proceso se debe ser muy rápido, esto no implica que la actuación sea desaforada, precipitada, porque, generalmente, se cae en el error al no haber tenido una valoración equilibrada de lo que está sucediendo. Indiscutiblemente que son muchos los factores que ejercen presión psicológica, entre los que se tiene, principalmente, el temor a la reacción de los jugadores y demás participantes, por más clara que haya sido jugada que se pretende evaluar. Cuando las jugadas son evidentes, se debe estar preparados para que al árbitro «le midan el aceite, por si las moscas», y, debido a su inseguridad, eche atrás la decisión tomada inicialmente. Así que el árbitro debe prepararse para adquirir la fortaleza necesaria que le permita reaccionar ponderada y serenamente ante cualquier presión; por eso, la preparación constante y estructurada en todas las competencias arbitrales, le ayudará a crear esa «coraza o escudo», que le hará rebotar satisfactoriamente todas esas presiones surgidas en el juzgamiento de un deporte. La fortaleza, basada en el conocimiento, le permitirá un mejor desempeño, con un control de sí mismo y capacidad de resiliencia. La seguridad con que se actúe, siempre teniendo en cuenta las Normas, y comprendiendo hasta dónde «se puede estirar el cauchito sin romperlo», será en un gran porcentaje garantía de un buen desempeño. Hay que recordar, finalmente, que el árbitro expone su integridad física, sensorial y psicológica y esto únicamente se aminora con la debida preparación, en donde, esta profesión no debe ser «el escampadero» ante las vicisitudes económicas. No sea árbitro por «solicitud del estómago», séalo por «solicitud de la cabeza», fortificando cada día más la vocación de serlo. ¡Qué mejor que tener una recompensa económica por hacer lo que verdaderamente nos gusta!